durante todo el procedimiento. Una vez los dos secos, volvemos a la cama y nos empezamos a vestir. Qué lástima, no me podría cansar nunca de verlo desnudo. Lo abrazo, lo beso un rato y salimos de mi habitación para ver qué pasaba en la casa. Bajamos y mis viejos estaban en el jardín, desayunando. Nos saludan. El momento es un poco raro. Ellos saben lo que pasó (no los detalles, ¡por suerte!) y nosotros sabemos que ellos saben. Mi vieja me mira y sonríe. No como diciendo "sé lo que hicieron" sino como diciéndome "te quiero y me gusta que estés feliz". A mí no se me ocurre otra cosa que decir "me muero de hambre" y mi viejo me mira como diciendo "y, después de lo que hicieron es lógico". Nos sentamos y le sirvo jugo a Lauti, café con leche, galletitas. "Está por llegar tu hermano" me dice mi viejo. Siempre me pone feliz ver a mi hermano, y encima iba a conocer a mi novio. Terminamos de desayunar y nos tiramos en el pasto del jardín, acostados uno al lado del otro. Le pregunto si está cómodo o si se quería ir. Me mira como si estuviera loco y me dice que obviamente no se quería ir. Lo acaricio, y le digo que lo amo. Mi hermano llega a eso de las 13 con la novia, mientras mi papá prepara el fuego para el asado. Los abrazo y le presento a Lautaro. Se saludan y mi hermano le dice "un gusto conocerte". Ponemos la mesa entre todos, picamos algo, a Lauti lo noto feliz, para nada incómodo. Almorzamos todos juntos, como la familia que somos. Luego del almuerzo nos quedamos hablando con mi hermano, de nada trascendente, su trabajo, la escuela. Le pregunta a Lauti cosas sobre su vida, se interesa por el vóley y por su conocimiento de piano. Me disculpo y me levanto de la mesa, Lautaro se levanta conmigo. Nos vamos a sentar en la galería. Hablamos de nada y de todo. Lo agarro de la mano y no quiero soltarlo. Es raro el sentimiento. Siento que a medida que el domingo transcurre cada vez queda menos tiempo para que Lauti siga conmigo y vuelva a su casa. Me pone triste, me gustaría estar para siempre con él. No decimos nada, estoy seguro que él está pensando lo mismo. Es como un dolor físico, pensar que nos vamos a separar (aunque sea por unas horas). Es una presión en el pecho, un vacío que duele. Lo abrazo porque tengo miedo de que desaparezca. En determinado momento nos ponemos a tomar mate mientras mis viejos nos miran sorprendidos. El mate amargo acentúa la amargura de la partida que se acerca. Terminamos el mate y volvemos a mi habitación. Nos sentamos en la cama, lo abrazo y lo beso. Le digo que quiero que estemos nuevamente desnudos. No hace falta que lo diga dos veces. Nos sacamos la ropa, nos acostamos en la cama, una vez más rendidos uno al otro. Nuevamente repitiendo el ritual sexual al que ya le habíamos tomado el ritmo. Recorrimos completamente el cuerpo del otro y por última vez (hasta la próxima) acabamos y compartimos un orgasmo. Nos limpiamos. Nos vestimos. Miramos tele mientras lo abrazaba tan fuerte como podía. Bajamos al jardín. A las siete de la tarde mi mamá me hace señas de que ya era hora de llevarlo. No sé bien qué sentí. Tristeza, angustia, depresión. Pero también esperanza, felicidad. Es esa mezcla agridulce de sentir que se había terminado un capítulo